El sábado 15 de septiembre estuve en Suances trabajando en la Boda de Ángela y Pedro. Una de las cosas más interesantes de la larga e intensa carrera que significa organizar una boda es sentir cómo vas conociendo a la pareja:

La primera vez que ves a la pareja es en la firma del contrato. Ahí, obviamente, no somos más que unos extraños y aun queda un mundo por delante.

La segunda vez es en la preboda. Mi trabajo ahí consiste en establecer un clima de confianza y de tranquilidad de cara a dos cosas: Presentarme como profesional haciendo mi trabajo y explicar cuál va a ser su papel delante de la cámara. Aquí la sesión termina con la sensación de empezar a conocernos y se crea un clima de seguridad y confianza.

La terceravez suele ser uno o dos días antes de la boda. Aquí la pareja suele estar muy nerviosa, con esa sensación de que todo el tiempo que han tenido para prepararla se ha esfumado y aun quedan un montón de cosas por hacer. En realidad todo está bajo control pero los nervios no perdonan. Aquí mi relación con la pareja suele llegar a su punto álgido, ese punto donde ya todo está dicho y preparado para el gran día.

La cuarta vez es el día de la boda. Aquí ya todo debe estar en orden y empieza la diversión. La pareja empieza a entender todo el proceso que hemos llevado en el momento en que nos ve como un invitado más y se sienten mucho más cómodos delante de la cámara. Aquí todo es diversión.

En el caso de la boda de Ángela y Pedro todos los pasos se reprodujeron a la perfección. La sensación en el momento de abandonar el recinto, ya con la noche sobre nuestras cabezas, y abrazar a la pareja bajo ese halo de cariño y agradecimiento no tiene precio. Personalmente me llena de satisfacción sentir que mi trabajo ha calado en la pareja y sentir que esa pareja me ha calado a mí. Todo tiene sentido y existe una perfecta simbiosis que hace de este trabajo algo especial.

Gracias Ángela, gracias Pedro, conseguisteis que sea un poco más feliz después de aquel 15 de septiembre de 2018.